Barcelona por Ariadna Cumellas

A menudo pasan inadvertidos, confusos entre el humo gris. Algunos de ellos llevan más tiempo que nosotros en pie, testimonios de los cambios que nos han sucedido desde nuestros inicios, expectantes, inconscientes, sin poder hacer ni decir nada… permaneciendo en silencio.

Cada uno de ellos configura un todo, dando forma a la ciudad que estamos acostumbrados a ver y sentir, la que relaciona edificios viejos y nuevos, por dónde paseamos, la que miramos e incluso observamos, la que sólo es posible gracias a los edificios que la configuran; unas construcciones anónimas que quedan eclipsadas por el peso del conjunto de la calle, del barrio, de la ciudad de la que forman parte. Es en esta recopilación de fotografías dónde eso que parece oculto, anodino, insignificante… pasa a ser protagonista.

Ballbé se acerca a los edificios, los descontextualiza y les hace un retrato cómo si se tratara de personas, revelando sus facciones, rasgos personales, esos detalles que de la misma manera que en los individuos hacen que cada construcción sea única y singular. Te explica una ciudad a partir de sus edificios, cómo si te hablara de la sociedad a partir de los retratos de los individuos que forman parte de ella. El autor fija su mirada en ellos y te los enseña con sus defectos y virtudes, rescatándolos de su silencio aunque sólo sea por un breve instante en que el espectador los ve sobre el papel. Nadie pensará ahora en cómo fueron creados, pero seguro que el arquitecto que los diseñó quería que cada uno fuero especial y diferente, bonito, de la misma manera que querría que fuese un hijo suyo.

Es posible que una única imagen no lo explique todo del conjunto de la metrópolis, pero sí la suma de unas imágenes que creando una amalgama en blanco y negro, muestran los detalles más personales de un edificio, los que describen su historia y su estilo. Una serie de fotografías que mostrando esta faceta exterior, la que crea la calle, te pueden dar a entender la totalidad de una ciudad.

En algunas imágenes, el autor fotografía los edificios para exhibirlos en sus dos planos, destapándolos en escorzo para revelar el diálogo de compromiso que ofrecen con el conjunto de edificios y calles. Contrapone un edificio con el contiguo para hacernos partícipes tanto de su arquitectura cómo también de las relaciones con su inmediato vecino. Relaciones que en la mayoría de imágenes no mantienen una coherencia estética ni un encaje urbanístico adecuado, dónde cada uno de ellos habla por si solo sin tener en cuenta el entorno en el que se asienta. Las imágenes revelan estas comparaciones sin olvidarse jamás de quien es el verdadero protagonista del retrato.

Son todas estas fotografías el testimonio de la esencia de Barcelona, dónde cada uno de los edificios que aparece tiene una identidad propia que lo caracteriza, detalles que los hacen únicos y que el arquitecto quiso mostrar en su proceso proyectual. Algunos de ellos son de estilo Novecentista inspirados en la tradición clásica, dónde su interés está focalizado en el aspecto ideal de las formas, en recuperar códigos “Brunelesquianos”; otros son combinados con un pre-racionalismo emergente. La mayoría de ellos con testimonios nacionalistas, mediterráneos y de cultura humanista basada en el elegante uso de elementos de la tradición clásica situados en puntos dramáticos como cornisas, ventanas o esquinas. Son hijos de la evolución de los estilos, herencia del primer modernismo en torno a la exposición de 1888 y surgidos cómo crítica a sus postulados que tenían como principio “el arte por el arte”. Algunos pasan por la órbita del GATPAC dónde se evidencia el nuevo racionalismo catalán, y otros por los años de postguerra con sus indefiniciones.

Las fotografías nos permiten formar parte de situaciones que no se presenciaron, de momentos que no hemos vivido, o por el contrario, tal y cómo se hace patente en estas imágenes, darnos cuenta de edificios que vemos cada día pero que somos incapaces de percibir. Ballbé extrae de la realidad este instante que no hemos sabido observar, y es por este motivo que la arquitectura barcelonesa encuentra en él este cómplice implacable que, de entre todo lo que ve, tan sólo mira lo que aprecia.

Entendemos estos edificios cómo no icónicos ni emblemáticos, no aparecen en la mente de los turistas ni en los catálogos y libros de Barcelona, pero en cambio son los que la han configurado y hecho evolucionar a lo largo del tiempo, escondiendo gran parte de la esencia de la urbe. Nuestros ojos turísticos quedan cegados por la imagen pública y por los grandes nombres que nos han vendido las instituciones. Pero si observamos atentamente, podemos ver que también ellos quieren ser admirados, llenos de deseo de ennoblecer la ciudad y engalanarla. Tienen derecho a reclamarlo. Sólo a ellos van dedicados estas fotografías, a estos testimonios mudos y elegantes que tras su fachada guardan nuestras vidas que se filtran a través de las luces encendidas detrás de las ventanas.

 

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